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No sé fotografiar sin implicarme

emocionalmente.

La noche antes de una boda siento nervios, deseando que llegue el momento de empezar a disparar.

Vivo las emociones de la pareja, comparto con ellos la intimidad del vestirse, ayudo a calmar los nervios propios del gran día, 

me emociono cuando los novios se miran por primera vez durante la ceremonia y me siento

afortunada

de poder explicar su historia desde el otro lado de la cámara.

La mayoría de novias, cuando vienen a verme, me comentan que no son fotogénicas.

Yo, en cambio, ya las imagino desde detrás de la cámara, irradiando felicidad,

y veo todas las posibilidades que su belleza me ofrece.

Cada novia, cada historia,

cada boda es única

y así lo plasmo en mis fotografías.   

 

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